Posted by : Viridiana Belikov ♠ martes, 26 de febrero de 2013


–Come hasta que sólo queden los huesos, y si no es suficiente, muerde los platos. Si no lo como todo, me sentiré una fracasada.

Desayuno para hoy:    
-Naranjada con 15 ml de veneno de serpiente.           
-Cereal con trozos de carne cruda al gusto.    
-Sopa de veneno con setas.    
-Ensalada, preparada caprichosamente por el sirviente.          
-Surtido de frutas podridas de fuera de temporada.    
-Café “incapaz de despertarse” (descafeinado)           

Un glorioso día para la joven Anel. Comía caprichosamente su desayuno con una sonrisa dibujada en el rostro. La señorita Anel, solía tener un gusto extremadamente raro con las comidas. Siendo una maníaca de las comidas “exóticas”, ella solía comer cada día cosas realmente repugnantes que pondría enferma a cualquier persona.  Su hogar tenía un olor realmente horrible, pero para Anel, ese olor era la gloria. No era una persona millonaria, pero tampoco era pobre. Por lo que tenía un sirviente y un chef personal. Este par tenían un estómago fuerte para soportar ver como Anel comía gustosamente toda esa comida repugnante. La señorita Anel, tenía un fuerte deseo: probar todas las comidas más horribles del mundo. E incluso llegó a decir que todos los ingredientes habían sido creados esencialmente para ella. Quería devorar todo, cada pedazo del mundo. Sin embargo, Anel no soportaba que la traicionaran, o al menos ella lo veía de esa forma. El chef que tenía actualmente, era el 15° del año. De los otros 14, se les había perdido el rastro.          
– Siento un vacío en el estómago, Rogelio. –le decía  a su querido sirviente. –Dile a Uriel que si aún quiere servirme, que me presente otro platillo digno de ser comido por mí. Anda, ¡Ve! –Rogelio se apresuró a decirle al chef Uriel sobre la insatisfecha de Anel.

Comida para hoy:       
-Ensalada a la “César” (literalmente sí)
-Pulpo relleno de su propia tinta, a medio coser, aun agonizando.       
-Berenjena con sabor amargo.
-Pan al horno del mes pasado.
-Helado hecho con sangre de su chef Arnoldo.           
-Sopa de miso con trozos de queso añejo.

–Oh, ¡Uriel! ¡Te has lucido esta vez! –exclamo Anel con alegría mientras comía el helado de Arnoldo. – ¡No tenía idea de que aun habían quedado restos de César y Arnoldo! ¡Fue una grata sorpresa!
–No hay de qué mi señora, lo que usted quiera siempre puede contar con que yo le cumpliré sus ordenes sin reclamar.            
–Aunque, a la ensalada de César le hizo falta un poco de cabello. Hubiera sido un complemento perfecto para la ensalada.            
–Le aseguro que para la próxima me asegurare que tenga más cabello. –Uriel  miró a Anel con un poco de temor, y enseguida, con voz muy suave y tenue,  dijo–: Señorita Anel, usted sabe que yo he trabajado para usted desde hace dos meses. He trabajado sin descanso. Jamás me atrevería a pedirle esto, pero es realmente necesario. ¿Podría darme un par de días libres? Necesito ir a ver a mi madre que está gravemente enferma. –Anel dejó de comer sólo para ver siniestramente a Uriel.   
– ¿Qué acabas de decir? –ella, enfadada, se levantó de su asiento, caminó dando zancadas hacia Uriel. Se puso sobre las puntas de sus pies para quedar a su altura y comenzó a decirle: – ¡De verdad qué gente de lo más inútil tengo que soportar! Tenemos un trato Uriel. Según este tratado prometiste no irte en ningún momento, ¡Así que no me vengas con esa mierda! –Anel, no dejaba de gritarle a Uriel, las mejillas se le iluminaron de un rojo muy tenue, se dio la vuelta y se dirigió hacia la mesa, recargándose en ella. Rogelio solo miraba la escena estupefacto. No se atrevería a meterse en la discusión. –Rogelio, trae mi teléfono, ¡Ahora! Y Uriel… te quiero en la cocina ahora mismo. En un momento voy. –Rogelio corrió deprisa por el teléfono de Anel, y ella, enfurecida, dio un respingo y fue rápidamente a la cocina.      
–Uriel, no puedo permitir que te vayas, ¡eres el único chef que me ha durado más de dos meses!
–Sólo son un par de días, es lo único que le pido. –Anel, camino hacia el fregadero, abrió el grifo y lavo un par de platos y utensilios. Cuando termino, se seco las manos con la toalla y se giro para ver a Uriel. Éste la miraba quieto, a la vez que Anel caminaba de un lado a otro. Se detuvo un momento, y se encamino hacia él. Lo abrazo, pero éste no correspondió al abrazo. Anel se separo y Uriel cayó de cuclillas al suelo. Se apoyó con las manos al suelo y entonces, Anel lo pateó fuertemente en la cara. Su tacón le había marcado en el rostro, y Uriel perdió el conocimiento. Rato después, llegó Rogelio, con el teléfono en mano, quien miraba expectante lo ocurrido.

La casa estaba en silencio. Anel se encerró en su habitación. Rogelio descuartizaba a Uriel, y después metió las extremidades y el torso en el congelador. La cabeza la puso a un lado. Tomó el teléfono de Anel, y llamó al chef número 16°. No aceptó el trabajo.
Rogelio detestaba cocinar para Anel, con la idea de que no le gustarán sus comidas, pero debido a que ella nunca reclamaba acerca de sus comidas, accedió con placer.

Cena de hoy   
-Ensalada con los ojos del chef Arnoldo, César y Uriel.          
-Surtido rico de entrañas de César.     
-Pasta de vino tinto.    
-Vino color de rosa que hará estremecerle la médula ósea (Bueno es sangre rebajada con alcohol).   
-Sopa de baba de caracol.      
-Galette Saucisse.       

–Bueno, tu arte en la cocina no es tan malo, pero es aceptable. Le das el sabor de la desesperación.
–Es un alivio para mí escuchar eso.     
Anel terminaba de tomarse el vino. Miraba una y otra vez a Rogelio. Terminó por decir:
–Rogelio, tú has sido devoto a mí desde el principio, te agradezco y alago por tu valentía. Nunca trataste de irte. Impresionante. –el fiel sirviente rellenaba la copa de su ama. Ésta dio un sorbo, y se quedo con la mirada pensativa. –Arrodíllate y besa mis pies. –dijo.
– ¿Qué? Ja-ja que buena broma mi seño…    
–Arrodíllate y besa mis pies.    –Rogelio, expectante, hizo cumplir aquel mandamiento al instante. –Mi dulce sirviente… ¿A que sabes? –Anel se levanto de su asiento. Rogelio se arrastró por el piso.     
-¿Q-qué es lo que dice…? –La chica no respondió. Y con una sonrisa, le dijo:
– ¡Es broma! ¿Cómo creerás que te comería?            
– ¡No haga bromas de ese tipo! No son de buen gusto.          
–Te necesito vivo, Rogelio. –Ella se dio la vuelta y en un susurro, dijo: “Por ahora”.
Esa noche, en la madrugada, el pobre hombre no podía dormir. Aquellas palabras aún resonaban en su cabeza. Aun siéndole devoto a Anel, no podría asegurar que quedaría vivo.

A la mañana siguiente, Rogelio tenía ojeras demasiado marcadas bajo sus ojos cansados. Fue a poner el agua caliente para que Anel se bañara. Lo curioso de esto, que no era agua, era leche. Aquella chica disfrutaba bañarse por la mañana en leche, y por la noche en agua.

Desayuno para hoy:    
-Limonada sin azúcar, con veneno de alacrán. 
-Baguette de jamón del cerdo de la esquina.   
-Crema de champiñones recién cortados con moho.   
-Pan tostado con moho y mermelada. 

– “Un desayuno sencillo para el día de hoy”. –pensaba Anel. El sirviente se encontraba en la cocina, intentando contactar al chef número 16°. Sin mencionar palabra, la mañana transcurrió sin novedades. La casa estaba en completo silencio, como si nadie habitara ahí. Rogelio limpiaba la casa. Anel se encontraba encerrada en su habitación. Y, raramente, Anel bajo a prepararse su comida. El joven sirviente no sabía que se había preparado, por lo que no puedo decir que era exactamente. Transcurrieron las horas, cayó la noche. Anel dejo una nota para Rogelio: “No llames a un próximo chef”.

Anel tomaba su baño en agua a la mitad de la noche. Acariciaba su piel una y otra vez con las burbujas. Tomaba un trago de su vino tinto de vez en cuando. Empezaron a llamar a la puerta.
–Mi señora, ya he preparado su cama, si no me necesita más, iré a dormir.
–Se me antoja un bocadillo nocturno Rogelio. ¿Puedes prepararme algo sencillo?
–Enseguida.
El antojo nocturno constó de un emparedado de carne de res a medio cocer. Sin ningún condimento. Rogelio lo dejó en la habitación de Anel y enseguida, fue a la suya a descansar.

Esa noche, el fiel sirviente durmió cómodamente. Olvidó lo ocurrido hace apenas un par de días y pudo descansar. La puerta de su habitación se abrió. Anel se acercó a su cama. Se sentó en ella. Miró a Rogelio un buen rato. Se levantó y se acercó a su oído. Y entre murmullos, comenzó a decir:            –Mi querido sirviente, ¿A que sabes? –. Comenzó a apuñalarlo con un pica hielo, el mismo que utilizó con Uriel. Rogelio, despertó de golpe al momento del primer pinchazo. Se quejaba y se retorcía del dolor. Murmuraba cosas, las cuales no eran entendibles para Anel, ni para mí. Rogelio tenía unas cuantas lágrimas en los ojos y Anel, en melodía, le recito:        
–Los lamentos son como una orquesta que resuena en mis oídos. Es tan… hermoso. –dejó de apuñalarlo. Rogelio seguía vivo, pero agonizante. La veía con la vista nublada y cubierto de lágrimas.      
– A-Anel…    
Ella se acercó a su rostro, besó sus lágrimas, y articulo en su oído.     
–Me siento hechizada por ti, por eso he decidido devorarte, no puedo permitir que decidas abandonarme algún día.
La agonía de Rogelio llegó a su fin. Anel bebía su sangre en una copa delgada. Jugaba con el contenido de la copa una y otra vez. Miraba a la nada. Tarareaba una canción por lo bajo, y continuo jugando con la copa. Miró la copa. Miró a la nada. Miró a la copa. Miró su brazo. Miró el cuchillo. Miró su muñeca. Miró el cuchillo. Sonrió afablemente. –Aún queda mucho más por comer. –Efectivamente, la comida más mala, y repugnante, resulto ser ella misma. Tomo el cuchillo. Corto su mano. Provoco una hemorragia. Se puso un torniquete. Mordió su mano. Sonrió. Conoció todos los sabores del mundo. Que gusto tenía ella en su rostro. Se levantó. Se cayó. La copa de sangre se derramo. Miró hacia atrás. Se levantó. Pronunció unas palabras a Rogelio. “Que descanse en paz tu dolorosa alma” le dijo. Caminó a la cocina. Su brazo comenzaba a ponerse morado. Tomó otro cuchillo. Se cortó la yugular. 

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¿En qué creo? En todo lo que vive y respira. ¿En qué creo? En lo que puedo ver. ¿En qué creo? En mí. - Frederica Bernkastel

¿Qué habrá para hoy?


–Come hasta que sólo queden los huesos, y si no es suficiente, muerde los platos. Si no lo como todo, me sentiré una fracasada.

Desayuno para hoy:    
-Naranjada con 15 ml de veneno de serpiente.           
-Cereal con trozos de carne cruda al gusto.    
-Sopa de veneno con setas.    
-Ensalada, preparada caprichosamente por el sirviente.          
-Surtido de frutas podridas de fuera de temporada.    
-Café “incapaz de despertarse” (descafeinado)           

Un glorioso día para la joven Anel. Comía caprichosamente su desayuno con una sonrisa dibujada en el rostro. La señorita Anel, solía tener un gusto extremadamente raro con las comidas. Siendo una maníaca de las comidas “exóticas”, ella solía comer cada día cosas realmente repugnantes que pondría enferma a cualquier persona.  Su hogar tenía un olor realmente horrible, pero para Anel, ese olor era la gloria. No era una persona millonaria, pero tampoco era pobre. Por lo que tenía un sirviente y un chef personal. Este par tenían un estómago fuerte para soportar ver como Anel comía gustosamente toda esa comida repugnante. La señorita Anel, tenía un fuerte deseo: probar todas las comidas más horribles del mundo. E incluso llegó a decir que todos los ingredientes habían sido creados esencialmente para ella. Quería devorar todo, cada pedazo del mundo. Sin embargo, Anel no soportaba que la traicionaran, o al menos ella lo veía de esa forma. El chef que tenía actualmente, era el 15° del año. De los otros 14, se les había perdido el rastro.          
– Siento un vacío en el estómago, Rogelio. –le decía  a su querido sirviente. –Dile a Uriel que si aún quiere servirme, que me presente otro platillo digno de ser comido por mí. Anda, ¡Ve! –Rogelio se apresuró a decirle al chef Uriel sobre la insatisfecha de Anel.

Comida para hoy:       
-Ensalada a la “César” (literalmente sí)
-Pulpo relleno de su propia tinta, a medio coser, aun agonizando.       
-Berenjena con sabor amargo.
-Pan al horno del mes pasado.
-Helado hecho con sangre de su chef Arnoldo.           
-Sopa de miso con trozos de queso añejo.

–Oh, ¡Uriel! ¡Te has lucido esta vez! –exclamo Anel con alegría mientras comía el helado de Arnoldo. – ¡No tenía idea de que aun habían quedado restos de César y Arnoldo! ¡Fue una grata sorpresa!
–No hay de qué mi señora, lo que usted quiera siempre puede contar con que yo le cumpliré sus ordenes sin reclamar.            
–Aunque, a la ensalada de César le hizo falta un poco de cabello. Hubiera sido un complemento perfecto para la ensalada.            
–Le aseguro que para la próxima me asegurare que tenga más cabello. –Uriel  miró a Anel con un poco de temor, y enseguida, con voz muy suave y tenue,  dijo–: Señorita Anel, usted sabe que yo he trabajado para usted desde hace dos meses. He trabajado sin descanso. Jamás me atrevería a pedirle esto, pero es realmente necesario. ¿Podría darme un par de días libres? Necesito ir a ver a mi madre que está gravemente enferma. –Anel dejó de comer sólo para ver siniestramente a Uriel.   
– ¿Qué acabas de decir? –ella, enfadada, se levantó de su asiento, caminó dando zancadas hacia Uriel. Se puso sobre las puntas de sus pies para quedar a su altura y comenzó a decirle: – ¡De verdad qué gente de lo más inútil tengo que soportar! Tenemos un trato Uriel. Según este tratado prometiste no irte en ningún momento, ¡Así que no me vengas con esa mierda! –Anel, no dejaba de gritarle a Uriel, las mejillas se le iluminaron de un rojo muy tenue, se dio la vuelta y se dirigió hacia la mesa, recargándose en ella. Rogelio solo miraba la escena estupefacto. No se atrevería a meterse en la discusión. –Rogelio, trae mi teléfono, ¡Ahora! Y Uriel… te quiero en la cocina ahora mismo. En un momento voy. –Rogelio corrió deprisa por el teléfono de Anel, y ella, enfurecida, dio un respingo y fue rápidamente a la cocina.      
–Uriel, no puedo permitir que te vayas, ¡eres el único chef que me ha durado más de dos meses!
–Sólo son un par de días, es lo único que le pido. –Anel, camino hacia el fregadero, abrió el grifo y lavo un par de platos y utensilios. Cuando termino, se seco las manos con la toalla y se giro para ver a Uriel. Éste la miraba quieto, a la vez que Anel caminaba de un lado a otro. Se detuvo un momento, y se encamino hacia él. Lo abrazo, pero éste no correspondió al abrazo. Anel se separo y Uriel cayó de cuclillas al suelo. Se apoyó con las manos al suelo y entonces, Anel lo pateó fuertemente en la cara. Su tacón le había marcado en el rostro, y Uriel perdió el conocimiento. Rato después, llegó Rogelio, con el teléfono en mano, quien miraba expectante lo ocurrido.

La casa estaba en silencio. Anel se encerró en su habitación. Rogelio descuartizaba a Uriel, y después metió las extremidades y el torso en el congelador. La cabeza la puso a un lado. Tomó el teléfono de Anel, y llamó al chef número 16°. No aceptó el trabajo.
Rogelio detestaba cocinar para Anel, con la idea de que no le gustarán sus comidas, pero debido a que ella nunca reclamaba acerca de sus comidas, accedió con placer.

Cena de hoy   
-Ensalada con los ojos del chef Arnoldo, César y Uriel.          
-Surtido rico de entrañas de César.     
-Pasta de vino tinto.    
-Vino color de rosa que hará estremecerle la médula ósea (Bueno es sangre rebajada con alcohol).   
-Sopa de baba de caracol.      
-Galette Saucisse.       

–Bueno, tu arte en la cocina no es tan malo, pero es aceptable. Le das el sabor de la desesperación.
–Es un alivio para mí escuchar eso.     
Anel terminaba de tomarse el vino. Miraba una y otra vez a Rogelio. Terminó por decir:
–Rogelio, tú has sido devoto a mí desde el principio, te agradezco y alago por tu valentía. Nunca trataste de irte. Impresionante. –el fiel sirviente rellenaba la copa de su ama. Ésta dio un sorbo, y se quedo con la mirada pensativa. –Arrodíllate y besa mis pies. –dijo.
– ¿Qué? Ja-ja que buena broma mi seño…    
–Arrodíllate y besa mis pies.    –Rogelio, expectante, hizo cumplir aquel mandamiento al instante. –Mi dulce sirviente… ¿A que sabes? –Anel se levanto de su asiento. Rogelio se arrastró por el piso.     
-¿Q-qué es lo que dice…? –La chica no respondió. Y con una sonrisa, le dijo:
– ¡Es broma! ¿Cómo creerás que te comería?            
– ¡No haga bromas de ese tipo! No son de buen gusto.          
–Te necesito vivo, Rogelio. –Ella se dio la vuelta y en un susurro, dijo: “Por ahora”.
Esa noche, en la madrugada, el pobre hombre no podía dormir. Aquellas palabras aún resonaban en su cabeza. Aun siéndole devoto a Anel, no podría asegurar que quedaría vivo.

A la mañana siguiente, Rogelio tenía ojeras demasiado marcadas bajo sus ojos cansados. Fue a poner el agua caliente para que Anel se bañara. Lo curioso de esto, que no era agua, era leche. Aquella chica disfrutaba bañarse por la mañana en leche, y por la noche en agua.

Desayuno para hoy:    
-Limonada sin azúcar, con veneno de alacrán. 
-Baguette de jamón del cerdo de la esquina.   
-Crema de champiñones recién cortados con moho.   
-Pan tostado con moho y mermelada. 

– “Un desayuno sencillo para el día de hoy”. –pensaba Anel. El sirviente se encontraba en la cocina, intentando contactar al chef número 16°. Sin mencionar palabra, la mañana transcurrió sin novedades. La casa estaba en completo silencio, como si nadie habitara ahí. Rogelio limpiaba la casa. Anel se encontraba encerrada en su habitación. Y, raramente, Anel bajo a prepararse su comida. El joven sirviente no sabía que se había preparado, por lo que no puedo decir que era exactamente. Transcurrieron las horas, cayó la noche. Anel dejo una nota para Rogelio: “No llames a un próximo chef”.

Anel tomaba su baño en agua a la mitad de la noche. Acariciaba su piel una y otra vez con las burbujas. Tomaba un trago de su vino tinto de vez en cuando. Empezaron a llamar a la puerta.
–Mi señora, ya he preparado su cama, si no me necesita más, iré a dormir.
–Se me antoja un bocadillo nocturno Rogelio. ¿Puedes prepararme algo sencillo?
–Enseguida.
El antojo nocturno constó de un emparedado de carne de res a medio cocer. Sin ningún condimento. Rogelio lo dejó en la habitación de Anel y enseguida, fue a la suya a descansar.

Esa noche, el fiel sirviente durmió cómodamente. Olvidó lo ocurrido hace apenas un par de días y pudo descansar. La puerta de su habitación se abrió. Anel se acercó a su cama. Se sentó en ella. Miró a Rogelio un buen rato. Se levantó y se acercó a su oído. Y entre murmullos, comenzó a decir:            –Mi querido sirviente, ¿A que sabes? –. Comenzó a apuñalarlo con un pica hielo, el mismo que utilizó con Uriel. Rogelio, despertó de golpe al momento del primer pinchazo. Se quejaba y se retorcía del dolor. Murmuraba cosas, las cuales no eran entendibles para Anel, ni para mí. Rogelio tenía unas cuantas lágrimas en los ojos y Anel, en melodía, le recito:        
–Los lamentos son como una orquesta que resuena en mis oídos. Es tan… hermoso. –dejó de apuñalarlo. Rogelio seguía vivo, pero agonizante. La veía con la vista nublada y cubierto de lágrimas.      
– A-Anel…    
Ella se acercó a su rostro, besó sus lágrimas, y articulo en su oído.     
–Me siento hechizada por ti, por eso he decidido devorarte, no puedo permitir que decidas abandonarme algún día.
La agonía de Rogelio llegó a su fin. Anel bebía su sangre en una copa delgada. Jugaba con el contenido de la copa una y otra vez. Miraba a la nada. Tarareaba una canción por lo bajo, y continuo jugando con la copa. Miró la copa. Miró a la nada. Miró a la copa. Miró su brazo. Miró el cuchillo. Miró su muñeca. Miró el cuchillo. Sonrió afablemente. –Aún queda mucho más por comer. –Efectivamente, la comida más mala, y repugnante, resulto ser ella misma. Tomo el cuchillo. Corto su mano. Provoco una hemorragia. Se puso un torniquete. Mordió su mano. Sonrió. Conoció todos los sabores del mundo. Que gusto tenía ella en su rostro. Se levantó. Se cayó. La copa de sangre se derramo. Miró hacia atrás. Se levantó. Pronunció unas palabras a Rogelio. “Que descanse en paz tu dolorosa alma” le dijo. Caminó a la cocina. Su brazo comenzaba a ponerse morado. Tomó otro cuchillo. Se cortó la yugular. 

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