Posted by : Viridiana Belikov ♠ martes, 26 de febrero de 2013


Lastimosamente, observaba por la ventanilla de la puerta como se llevaban a aquella chica de mirada perdida de la habitación de frente. La sentaron en una silla de ruedas debido a que no reaccionaba para caminar, ya hecho, los de bata blanca caminaron por el pasillo largo y sin vérsele ningún fin. El sonido de la bocina dijo el nombre de la chica, “A-58”. Dejé de observar por la ventanilla, y fui a recostarme en mi cama. No sé quién soy yo. Mi playera dice “B-0”, mi nombre supuestamente. Mi compañero de celda (recientemente cambiado a mi habitación), “B-01”, no ayudaba mucho. Nuestros vecinos reían todo el tiempo, como si cada día les contaran un chiste buenísimo. “El purgatorio, nuestro hogar”, decía B-01, “éste debe ser el purgatorio”. Nuestra habitación tenía muy poca luz, de color blanco y con goteras, con olores raros de vez en cuando. Teníamos camas por separado sin ninguna cobija o sabana. No había ventanas, solo luces blancas. El pasillo de afuera tenía la luz blanca aun más intensa que la de las habitaciones. Me levante de nuevo de mi cama y fui hacia la ventanilla de la puerta. No dejaba de pesar en A-58.           
– Eh, tú, ¡Aléjate de la ventana! Harás que noten nuestra presencia. –me gritaba B-01, quien estaba sentado sobre la orilla de su cama, tranquilo.  
– Creo que ya la notaron desde hace tiempo.          
– Ah sí, por supuesto. Dime, ¿Cuánto tiempo llevas aquí?  
– Bueno… no lo sé.   
B-01 me observo detenidamente, después se levanto, empujo su cama, de donde salieron unas cuantas cucarachas y en el mismo lugar, había unas cuantas líneas. Líneas que contaron los días desde que llego ahí.  
– Yo, cuando estaba en la otra habitación, estuve 659 días para ser exactos. Estando en esta habitación, llevo 30 días. Estoy harto de este lugar. Pero por otro lado, no quiero salir de aquí. ¿Has notado que todo aquel que sale ya no regresa cierto?
– Sí, pero de igual forma no los conocíamos, solo estamos tú y yo aquí. A propósito, nunca hemos hablado más de la cuenta. ¿De dónde saliste tú?           
– Para serte sensato, no recuerdo bien. Tengo algunos recuerdos vagos de hace unos 3 años. Yo trabajaba de periodista, pero no tengo idea de cómo llegue a este lugar. No sé qué paso antes de estar aquí. Nada, no sé nada. ¿Y sobre ti? –Medite un poco antes de contestar, me di la vuelta nuevamente hacia la ventanilla. Un hombre de bata blanca iba directo a la habitación de nuestros vecinos.        
– Yo he estado aquí toda mi vida. –observe que sacaron a otra chica de la habitación. Tenía camisa de fuerza y seguía riendo. Su camisa decía “C-37”. La recostaron sobre una camilla y la amarraron con cinturones. Trato de zafarse, pero un pequeño artefacto que le pusieron en el cuello, hizo que diera un brinco y callera dormida. ¿Qué habrá sido eso? La bocina volvía a oírse.     
– ¿Toda tu vida?       
– Toda mi vida, así que no sabría que decirte nada sobre mí. ¿Tú nombre es B-01 cierto?
–No, yo me llamo Gregorio.
– ¡Tu nombre es muy gracioso!         
– No puedo decir lo mismo. Entonces, no tienes un nombre, ¿cierto?        
– Sí, B-0. –me di la vuelta y camine hacia mi cama. Gregorio miraba cada movimiento que yo hacía. Observaba con expresión queda y pensativa.
– Ese no es un nombre. ¿Cómo creerás que eso es un nombre?      
– ¿Entonces como me llamo? –Gregorio aparto la mirada. Hubo un largo silencio. Aburrido, sin sentido, molesto. –Al menos yo te llamaré Julia. Tienes cara de ser una Julia. Una joven hermosa llamada Julia.           
–Si tú lo dices.           
– ¿Tienes una mínima idea de que hacen aquí?        
– Nunca he salido de esta habitación. Antes tenía un compañero de celda, “B-02”. Y un día al despertar ya no estaba. Sospecho que escapo.           
– Eres muy inocente. Seguro se lo llevaron al igual que a los otros. Un momento… ¿B-02? –decía al tiempo que miraba su camisa y la mía.     
–Sí, B-02, ¿Por qué? –se levanto de su cama de golpe y, apartándome de la puerta, comenzó a gritarle a la nada, al tiempo que golpeaba la puerta.         
– ¡Desgraciados! ¡Qué eh hecho yo para estar en este lugar! ¿¡Qué he hecho!? –en ese instante llegaron las personas de bata blanca, y con el artefacto que usaron contra “C-37” lo usaron de nuevo contra él. Gregorio, forcejeando, trato de evitar que la maquinita lo tocara, pero otro hombre de bata blanca y una máscara, saco otro artefacto. Se escucho un “Bum” salir de esa cosa, y la camisa de Gregorio se tiño de un rojizo carmesí. Parecía pintura, como la que me daban de pequeña para hacer dibujos. Mire la escena sin hacer ningún movimiento. Abrieron la puerta y acto seguido, sacaron a Gregorio de la habitación.
– ¿A dónde lo llevan? –no obtuve respuesta, era como si no existiera. Sacaron por completo el cuerpo de Gregorio arrastrándolo hasta un poco más lejos del cuarto, dejando detrás un sendero carmesí. Nunca había visto algo similar. Cerraron la puerta de nuevo con llave. Me asomé por la ventanilla. Movían el cuerpo de Gregorio como si fuera una muñeca de trapo, como de esas muñecas de harina y trapos viejos mal cosidos que me daban de pequeña. La camisa de Gregorio seguía manchándose de ese rojo tan peculiar. Llego otro hombre de bata con una camilla, subieron su cuerpo sin ningún cuidado. Después caminaron hasta el fondo del pasillo. La bocina volvía a sonar.      

Gregorio no regreso. La luz de mi habitación se apagó, y tan solo quedo la luz del pasillo iluminando mí celda. Trataba de dormir, mi cuerpo me lo pedía, pero sin embargo, no pude dormir. Y gracias a eso, pude escuchar algunos pasos en el pasillo infinito. Cerré los ojos para fingir estar dormida., y por fortuna, no entraron a mi celda. Fueron directo con mi vecino. Me levante para ver qué ocurriría esta vez. Me asome por la ventanilla, mi vecino era “C-38”, era un chico bastante similar a C-37. Iba riendo, como siempre, con una camisa de fuerza y en sus labios se notaba la sequedad, y en su rostro una palidez muy idéntica a la de la chica que se llevaron hace rato, con la diferencia de que él se lo tomo con más calma. Cuando pasaron frente a mi puerta, el me miro con una sonrisa. Se detuvo, se acercó a mi ventanilla. Sentí su aliento tibio en mi rostro, y empezó a balbucear y a reír de nuevo. El hombre de bata lo jalo, y continuaron caminando por el pasillo eterno. La bocina volvía a sonar.

Empecé a imaginar cosas graciosas en mi cabeza, como cuando de pequeña. Cuando antes me daban pinturas y papel para dibujar, recuerdo que dibuje a un hombre que fingía ser un perro. Era demasiado gracioso. Un hombre de bata blanca rio conmigo cuando lo dibuje. Otro dibujo que de igual manera tengo marcado, y por supuesto, era mi favorito, era el dibujo de un hombre con patas de cabra. Hice demasiados dibujos de pequeña, pero esos fueron por los que más sentí atracción, y cada uno de ellos, me fueron arrebatados, al igual que mis muñecas de trapo. Pero no importaba. Todo transcurría tan aburrido sin Gregorio. No tenía con quien hablar. Miraba por la ventanilla de vez en cuando pero, ya no pasaban los hombres de bata blanca. A veces me preguntaba, ¿Qué se sentiría salir de esta habitación? Nunca había pisado el suelo fuera de ella. Y en ese instante, volví a escuchar las pisadas en el pasillo eterno. Miré por la ventanilla, no miré nada. Se sentía el aire tranquilo, en silencio, a excepción de las pisadas aproximándose. Este hombre llevaba una máscara blanca que solo le cubría la boca, y sin duda también con la bata blanca. Abrió mi habitación. Me sentí ansiosa, al fin saldría de aquella celda. Sabría en donde están los demás, Gregorio. Lo vería de nuevo. Abrió la puerta, yo di un par de pasos hacia atrás para permitirle el paso. Aquel hombre entro y cerró la puerta nuevamente. Me miro detenidamente, abrió los ojos como platos, se los froto y volvió a mirarme.
– Es una verdadera lástima que una adolescente tan endemoniadamente hermosa como tu vaya al laboratorio. 
– “¿Laboratorio?” –pensé. – “¿Qué será eso?” –no le dije nada, sólo me limite a obsérvalo.
Aquel hombre camino hacia mí. Me bofeteo y me lanzo a la cama. No tenía idea porque me golpeaba. Sentí un escalofrío, era… era miedo. Nunca lo había sentido. El hombre se aproximó lentamente a mí. Acto seguido, se bajo el pantalón.
Se me hizo eterno aquel momento. Quede tumbada sobre mi cama, con lágrimas en los ojos. Ese hombre salió de la celda y volvió a cerrar la puerta con llave. Me vio por la ventanilla, y dijo “mañana volveré por ti”. No quería volver a experimentar esa sensación. Si volvía a ver a aquel hombre, iba a estallar en llanto nuevamente, y sentiría el miedo recorrerme. Me subí las bragas, y quede en posición fetal por quien sabe cuánto tiempo. Otra pregunta rondaba en mi cabeza, ¿Qué harían en ese llamado “laboratorio”? ¿Harían cosas similares a ésta? Ya no quería averiguarlo. El rato continuaba aburrido sin Gregorio. En ese instante yo deseaba tener una de esas muñecas de trapo que tenía. Recuerdo que una de esas muñecas tenía dos cabezas, debido a que yo había roto el cuerpo de una. Fue la primera vez que lloré. Uno de aquellos hombres se ofreció a repararla, pero yo me negué, diciendo que la muñeca se sentiría mal por tener un cuerpo deforme. Así que dije que la muñeca me agradecería si la cosiera al cuerpo de otra muñeca. Ese recuerdo al menos me hizo reír un poco.

Las pisadas volvían a escucharse en el pasillo eterno. Me quede tiesa y abrí los ojos como platos. Mire a mi alrededor, no había nada para esconderse, tan sólo la cama. Eso debería servir. Me metí debajo de la cama con toda la suciedad y mucosidad del suelo, junto a las cucarachas. La puerta se abrió lentamente. Vi las piernas de aquella persona. Camino lento hasta quedar en medio del cuarto, y se quedo quieto. Mantuve la respiración, creyendo que no sabría que estaba debajo de mi cama. Se dio la vuelta y salió nuevamente de la habitación. Cerró la puerta. Ante esa señal, vi que estaba a salvo. Salí lentamente de debajo de mi cama, y sorpresa. El mismo hombre de bata blanca me tomo por detrás. Y el otro hombre que había salido nuevamente volvió a entrar. Empecé a forcejear y a gritar, aterrada. Me di cuenta que el hombre que me había tomado por detrás había entrado sin ser notado debido a que su compañero lo cargo en sus hombros. Uno me tomaba por detrás y otro por las piernas. Me sacaron de la habitación. Empecé a balbucear que yo quería ser quien caminara, ya que tenia la tentación de tocar el piso. Pero me ignoraron. Me recostaron en la camilla a la fuerza. Sacaron aquel artefacto que utilizaron con C-37 y sentí un dolor en el brazo. Un dolor agudo y punzante. No lo había sentido antes. Comenzaron a amarrarme a la camilla con los cinturones. Me pusieron algo raro en la boca. Algo transparente y frio, atado a un tubo flexible. Se empañaba cada vez que respiraba y sentí como algo delgado entraba a mi piel. Gire mis ojos hacia donde sentí ese dolor, era en mi brazo en donde un tubito el cual era presionado por un hombre, iba introduciendo un liquido en mi brazo. Empezó a doler en cuanto el líquido llego al final. Retiraron el tubito. Y empezaron a caminar por el pasillo eterno. Empecé a sentir una pesadez en los ojos, y vi algunos colores raros a mí alrededor, seguido por manchas negras en mis ojos. No entendía por qué tenía sueño, había dormido apenas hace un rato. Finalmente cerré los ojos.
Desperté en una habitación negra sobre una cama un poco más cómoda que la anterior en la que dormía. La puerta esta vez eran unas rejas, y sentía que no podía levantarme ni nada, mi cuerpo estaba pesado. Sólo lograba mover los ojos. Frente a mí, estaba alguien dormido. ¡Era Gregorio! Me alegraba tanto el verlo. Trate de moverme de a poco, pero no pude hacerlo. Escuche nuevamente pasos fuera de la celda. Levante la mirada hacia ella, y era una mujer que llevaba una bandeja con comida. Abrió la reja de enfrente, y se dirigía a dos personas. “Gracias” contestaron ambos al unísono. Era un hombre y una mujer. Salió la mujer de la celda y volvió a cerrarla con llave. Miro hacia la celda de nosotros y un tanto alarmada, dijo casi gritando:    
– ¡Al fin has despertado! ¡Esto sí que es un gran logro para la ciencia! –le mantuve la mirada fija, y abrí un poco los labios, sentí mi lengua adormecida, pero pude hablar.
– ¿Q-qué paso?          
– Estuviste dormida durante un par de semanas, ha pasado mucho tiempo desde la operación, ¡Y sí que ha sido un éxito! –la mire, estupefacta, no entendía a que se refería. –Bueno, no desesperes, supongo que tu cuerpo sigue dormido después de tanta anestesia y por el cambio. Iré por el señor Homero. Enseguida te revisara.    
Trate de moverme lo más rápido antes de que ese hombre llegara. Entonces logre ver como Gregorio se empezaba a despertar. Se levanto y se estiro muy raramente.     
– G-Gregorio… – decía por lo bajo pero no me hizo caso. Se volvió hacia mí, y caminando en cuatro, acerco su rostro a mi cara, olfateándome.        – ¿Q-qué haces? –dio un respingo y me paso su lengua por la mejilla.        Luego regreso al lugar en donde estaba dormido y volvió a acostarse.      

Poco después, regreso aquella mujer con la que hable antes y un hombre, lo más probable el tal “Homero”.       
– ¿Cómo te sientes? –pregunto él.    
– Muy… rara…         
– Es normal. En un rato podrás ponerte de pie. ¡Cristina! ¡Víctor! Ustedes se encargaran de ayudarla a levantarse.            -Abrió la reja de frente, salió una sola persona. Y fue cuando me di cuenta que Cristina y Víctor eran C-37 y C-38. Estaban totalmente diferentes. Volví a aterrarme. ¡Ellos dos eran uno mismo! Sus cabezas estaban juntas como aquella muñeca de trapo que tenía de pequeña. Homero les abrió la reja de mi celda y ambos entraron con una sonrisa en el rostro. Me miraron expectantes y dijeron al unísono:  
– ¿En verdad creen que se podrá levantar así?        
– Tiene que, sólo queda una semana para que vengan por ustedes.
– Bueno, trataremos de ponerla de pie.        
Homero cerró la reja tras ellos, y se escucho como se alejaban y cerraban la puerta de golpe. Ellos se acercaron a mí, yo tenía los ojos nuevamente empapados de lágrimas y abiertos como platos. Me tomaron un brazo y empezaron a masajearlo. Después con el otro brazo y por mi tronco. Poco a poco iba recobrando la movilidad. Me ayudaron a sentarme. Yo sentía una enorme comezón en las piernas, pero ellos evitaron que me tocara siquiera la pierna.    
– No creemos que quieras tocarte.    
– ¿Y por qué no? En verdad pica, es como si tuviera pelo en mis piernas. –ellos se miraron entre sí, yo sólo me limité a verlos.         
– A propósito, ¿Qué ustedes no se la pasaban riendo?        
– Era por un gas que había en nuestra habitación, nos tenía adormecidos y hacíamos tonterías.
– Ya entiendo. –se hizo un silencio incomodo, los mire y ambos tenían la cabeza baja, pensativos. –Quisiera caminar un poco. –me lleve una mano a la cabeza, buscando rascarme, cuando sentí algo duro en mi cabeza. Algo duro, grueso y largo. – ¿Q-qué diablos es esto? –dije con voz quebrante.           
–Es lo que queríamos decirte. Un cuerno. –me ayudaron a levantarme sin decir nada más, y escuche como al levantarme se escuchaba el andar de un caballo. Camine y volvía a escucharse. Entonces gire la cabeza hacia abajo, y mi cuerpo era ahora, el de un animal peludo con pesuñas. Empecé a gritar. Gregorio se levanto de golpe y empezó a hacer un ruido extraño con la boca. Un ladrido.      
– ¿Qué es esto? ¿QUÉ ES ESTO?   
– La nueva tú.
Aquel hombre Homero volvió a entrar a las celdas y entro a la nuestra con un tubito similar al que había visto antes de quedarme dormida. Evite que volviera a ponerlo sobre mi piel, y caí se rodillas. Derrame unas cuantas lágrimas. C-37 y C-38, o como los habían llamado, Cristina y Víctor, respectivamente, se pusieron de cuclillas junto a mí. Sin decir nada. Gregorio sólo me miraba, de igual forma ya no era el Gregorio que conocí, ya no era B-01. Aquellos chicos tan idénticos que ahora eran uno mismo, le dijeron a Homero que ya no hacían falta más medicinas ni anestesias. Se retiro y yo aun con la cabeza baja, aquellos me dijeron:
– Bienvenida al circo de los fenómenos.      

Pasaron los días, como solían decirles, cuando llego un hombre de traje colorido, con bastón y sombrero. Esperaba por afuera de las celdas. Nos miro a los 4.   
-Sí que son magníficos, sobre todo aquella chica. ¿Cómo se llama? –Pregunto aquel hombre del bastón.           
– No tiene nombre, nosotros la llamamos B-0. –contesto Homero.
– No, por favor. –interrumpí. – Llámeme Julia.       
– Julia entonces. Homero, estoy interesado en los 4, me los llevo. Claro por el precio justo.
– Por supuesto, podrás llevártelos hoy mismo.        
Y dicho eso, se dirigieron a la puerta, seguidos por el rechinido de la misma y el azote al cerrar. Nuevamente se escucho un silencio incomodo.         
– ¿A dónde nos llevarán? –pregunte a los gemelos.
– Bueno, hemos escuchado de Homero que es un circo.     
– Suena divertido.     
– Claro, si te gusta que se burlen de ti.         
No dije nada a la última respuesta de los gemelos. Gregorio estaba dormido nuevamente. No podía creer que lo transformaran, de alguna manera, en perro. Según me dijeron los hermanos, alteraron su ADN. Yo, por supuesto, no sabía qué era eso. Seguía siendo una ignorante sin remedio.           
Aquel hombre del bastón nos hizo salir de la celda, nos dirigimos a otra puerta. En cuanto la abrieron, una luz enceguecedora me ilumino el rostro.
– ¿Eso es el sol? –pregunté.  
– Eso es el sol. –respondieron los hermanos. Ese sol era algo maravilloso, nunca lo había visto. Era muy diferente a como se veía en los libros de dibujo.            
El hombre del bastón, llevaba a Gregorio con una cadena. Él por su parte, llevaba la lengua de fuera. Lo subió a una jaula con cosas redondas debajo. Creo que eran llantas. Si eso eran. En otra jaula subieron los gemelos Cristina y Víctor. Y finalmente yo, subí a otra jaula. Nuevamente encerrada. Homero se dio la vuelta, sin despedirse de nosotros. Yo sólo vi como nos alejábamos del lugar.

El cielo se tornaba oscuro, era hermoso ver todo por primera vez. La luna estaba en su esplendor. Esa noche comenzaron a poner una carpa colorida, muy grande en medio del bosque. Llevaron nuestras jaulas dentro. Más tarde, empezó a llegar gente adulta y algunos niños. Nos miraban asombrados. Algunos nos arrojaban comida como si fuéramos animales. Miré a mi alrededor, se burlaban de nosotros, de mí. Había escuchado comentarios como “Es increíble que alguien como ella haya nacido así”. ¡Se equivocaban! Yo no había nacido así. Si supieran. Los hermanos trataban de alentarme. Pero solo hacían que me pusiera peor ante la situación. Cada noche, ambos decían: “No llores, alégrate de que al fin tienes un hogar, pero deja de llorar, que el show está a punto de comenzar.”

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¿En qué creo? En todo lo que vive y respira. ¿En qué creo? En lo que puedo ver. ¿En qué creo? En mí. - Frederica Bernkastel

Circo de Fenómenos


Lastimosamente, observaba por la ventanilla de la puerta como se llevaban a aquella chica de mirada perdida de la habitación de frente. La sentaron en una silla de ruedas debido a que no reaccionaba para caminar, ya hecho, los de bata blanca caminaron por el pasillo largo y sin vérsele ningún fin. El sonido de la bocina dijo el nombre de la chica, “A-58”. Dejé de observar por la ventanilla, y fui a recostarme en mi cama. No sé quién soy yo. Mi playera dice “B-0”, mi nombre supuestamente. Mi compañero de celda (recientemente cambiado a mi habitación), “B-01”, no ayudaba mucho. Nuestros vecinos reían todo el tiempo, como si cada día les contaran un chiste buenísimo. “El purgatorio, nuestro hogar”, decía B-01, “éste debe ser el purgatorio”. Nuestra habitación tenía muy poca luz, de color blanco y con goteras, con olores raros de vez en cuando. Teníamos camas por separado sin ninguna cobija o sabana. No había ventanas, solo luces blancas. El pasillo de afuera tenía la luz blanca aun más intensa que la de las habitaciones. Me levante de nuevo de mi cama y fui hacia la ventanilla de la puerta. No dejaba de pesar en A-58.           
– Eh, tú, ¡Aléjate de la ventana! Harás que noten nuestra presencia. –me gritaba B-01, quien estaba sentado sobre la orilla de su cama, tranquilo.  
– Creo que ya la notaron desde hace tiempo.          
– Ah sí, por supuesto. Dime, ¿Cuánto tiempo llevas aquí?  
– Bueno… no lo sé.   
B-01 me observo detenidamente, después se levanto, empujo su cama, de donde salieron unas cuantas cucarachas y en el mismo lugar, había unas cuantas líneas. Líneas que contaron los días desde que llego ahí.  
– Yo, cuando estaba en la otra habitación, estuve 659 días para ser exactos. Estando en esta habitación, llevo 30 días. Estoy harto de este lugar. Pero por otro lado, no quiero salir de aquí. ¿Has notado que todo aquel que sale ya no regresa cierto?
– Sí, pero de igual forma no los conocíamos, solo estamos tú y yo aquí. A propósito, nunca hemos hablado más de la cuenta. ¿De dónde saliste tú?           
– Para serte sensato, no recuerdo bien. Tengo algunos recuerdos vagos de hace unos 3 años. Yo trabajaba de periodista, pero no tengo idea de cómo llegue a este lugar. No sé qué paso antes de estar aquí. Nada, no sé nada. ¿Y sobre ti? –Medite un poco antes de contestar, me di la vuelta nuevamente hacia la ventanilla. Un hombre de bata blanca iba directo a la habitación de nuestros vecinos.        
– Yo he estado aquí toda mi vida. –observe que sacaron a otra chica de la habitación. Tenía camisa de fuerza y seguía riendo. Su camisa decía “C-37”. La recostaron sobre una camilla y la amarraron con cinturones. Trato de zafarse, pero un pequeño artefacto que le pusieron en el cuello, hizo que diera un brinco y callera dormida. ¿Qué habrá sido eso? La bocina volvía a oírse.     
– ¿Toda tu vida?       
– Toda mi vida, así que no sabría que decirte nada sobre mí. ¿Tú nombre es B-01 cierto?
–No, yo me llamo Gregorio.
– ¡Tu nombre es muy gracioso!         
– No puedo decir lo mismo. Entonces, no tienes un nombre, ¿cierto?        
– Sí, B-0. –me di la vuelta y camine hacia mi cama. Gregorio miraba cada movimiento que yo hacía. Observaba con expresión queda y pensativa.
– Ese no es un nombre. ¿Cómo creerás que eso es un nombre?      
– ¿Entonces como me llamo? –Gregorio aparto la mirada. Hubo un largo silencio. Aburrido, sin sentido, molesto. –Al menos yo te llamaré Julia. Tienes cara de ser una Julia. Una joven hermosa llamada Julia.           
–Si tú lo dices.           
– ¿Tienes una mínima idea de que hacen aquí?        
– Nunca he salido de esta habitación. Antes tenía un compañero de celda, “B-02”. Y un día al despertar ya no estaba. Sospecho que escapo.           
– Eres muy inocente. Seguro se lo llevaron al igual que a los otros. Un momento… ¿B-02? –decía al tiempo que miraba su camisa y la mía.     
–Sí, B-02, ¿Por qué? –se levanto de su cama de golpe y, apartándome de la puerta, comenzó a gritarle a la nada, al tiempo que golpeaba la puerta.         
– ¡Desgraciados! ¡Qué eh hecho yo para estar en este lugar! ¿¡Qué he hecho!? –en ese instante llegaron las personas de bata blanca, y con el artefacto que usaron contra “C-37” lo usaron de nuevo contra él. Gregorio, forcejeando, trato de evitar que la maquinita lo tocara, pero otro hombre de bata blanca y una máscara, saco otro artefacto. Se escucho un “Bum” salir de esa cosa, y la camisa de Gregorio se tiño de un rojizo carmesí. Parecía pintura, como la que me daban de pequeña para hacer dibujos. Mire la escena sin hacer ningún movimiento. Abrieron la puerta y acto seguido, sacaron a Gregorio de la habitación.
– ¿A dónde lo llevan? –no obtuve respuesta, era como si no existiera. Sacaron por completo el cuerpo de Gregorio arrastrándolo hasta un poco más lejos del cuarto, dejando detrás un sendero carmesí. Nunca había visto algo similar. Cerraron la puerta de nuevo con llave. Me asomé por la ventanilla. Movían el cuerpo de Gregorio como si fuera una muñeca de trapo, como de esas muñecas de harina y trapos viejos mal cosidos que me daban de pequeña. La camisa de Gregorio seguía manchándose de ese rojo tan peculiar. Llego otro hombre de bata con una camilla, subieron su cuerpo sin ningún cuidado. Después caminaron hasta el fondo del pasillo. La bocina volvía a sonar.      

Gregorio no regreso. La luz de mi habitación se apagó, y tan solo quedo la luz del pasillo iluminando mí celda. Trataba de dormir, mi cuerpo me lo pedía, pero sin embargo, no pude dormir. Y gracias a eso, pude escuchar algunos pasos en el pasillo infinito. Cerré los ojos para fingir estar dormida., y por fortuna, no entraron a mi celda. Fueron directo con mi vecino. Me levante para ver qué ocurriría esta vez. Me asome por la ventanilla, mi vecino era “C-38”, era un chico bastante similar a C-37. Iba riendo, como siempre, con una camisa de fuerza y en sus labios se notaba la sequedad, y en su rostro una palidez muy idéntica a la de la chica que se llevaron hace rato, con la diferencia de que él se lo tomo con más calma. Cuando pasaron frente a mi puerta, el me miro con una sonrisa. Se detuvo, se acercó a mi ventanilla. Sentí su aliento tibio en mi rostro, y empezó a balbucear y a reír de nuevo. El hombre de bata lo jalo, y continuaron caminando por el pasillo eterno. La bocina volvía a sonar.

Empecé a imaginar cosas graciosas en mi cabeza, como cuando de pequeña. Cuando antes me daban pinturas y papel para dibujar, recuerdo que dibuje a un hombre que fingía ser un perro. Era demasiado gracioso. Un hombre de bata blanca rio conmigo cuando lo dibuje. Otro dibujo que de igual manera tengo marcado, y por supuesto, era mi favorito, era el dibujo de un hombre con patas de cabra. Hice demasiados dibujos de pequeña, pero esos fueron por los que más sentí atracción, y cada uno de ellos, me fueron arrebatados, al igual que mis muñecas de trapo. Pero no importaba. Todo transcurría tan aburrido sin Gregorio. No tenía con quien hablar. Miraba por la ventanilla de vez en cuando pero, ya no pasaban los hombres de bata blanca. A veces me preguntaba, ¿Qué se sentiría salir de esta habitación? Nunca había pisado el suelo fuera de ella. Y en ese instante, volví a escuchar las pisadas en el pasillo eterno. Miré por la ventanilla, no miré nada. Se sentía el aire tranquilo, en silencio, a excepción de las pisadas aproximándose. Este hombre llevaba una máscara blanca que solo le cubría la boca, y sin duda también con la bata blanca. Abrió mi habitación. Me sentí ansiosa, al fin saldría de aquella celda. Sabría en donde están los demás, Gregorio. Lo vería de nuevo. Abrió la puerta, yo di un par de pasos hacia atrás para permitirle el paso. Aquel hombre entro y cerró la puerta nuevamente. Me miro detenidamente, abrió los ojos como platos, se los froto y volvió a mirarme.
– Es una verdadera lástima que una adolescente tan endemoniadamente hermosa como tu vaya al laboratorio. 
– “¿Laboratorio?” –pensé. – “¿Qué será eso?” –no le dije nada, sólo me limite a obsérvalo.
Aquel hombre camino hacia mí. Me bofeteo y me lanzo a la cama. No tenía idea porque me golpeaba. Sentí un escalofrío, era… era miedo. Nunca lo había sentido. El hombre se aproximó lentamente a mí. Acto seguido, se bajo el pantalón.
Se me hizo eterno aquel momento. Quede tumbada sobre mi cama, con lágrimas en los ojos. Ese hombre salió de la celda y volvió a cerrar la puerta con llave. Me vio por la ventanilla, y dijo “mañana volveré por ti”. No quería volver a experimentar esa sensación. Si volvía a ver a aquel hombre, iba a estallar en llanto nuevamente, y sentiría el miedo recorrerme. Me subí las bragas, y quede en posición fetal por quien sabe cuánto tiempo. Otra pregunta rondaba en mi cabeza, ¿Qué harían en ese llamado “laboratorio”? ¿Harían cosas similares a ésta? Ya no quería averiguarlo. El rato continuaba aburrido sin Gregorio. En ese instante yo deseaba tener una de esas muñecas de trapo que tenía. Recuerdo que una de esas muñecas tenía dos cabezas, debido a que yo había roto el cuerpo de una. Fue la primera vez que lloré. Uno de aquellos hombres se ofreció a repararla, pero yo me negué, diciendo que la muñeca se sentiría mal por tener un cuerpo deforme. Así que dije que la muñeca me agradecería si la cosiera al cuerpo de otra muñeca. Ese recuerdo al menos me hizo reír un poco.

Las pisadas volvían a escucharse en el pasillo eterno. Me quede tiesa y abrí los ojos como platos. Mire a mi alrededor, no había nada para esconderse, tan sólo la cama. Eso debería servir. Me metí debajo de la cama con toda la suciedad y mucosidad del suelo, junto a las cucarachas. La puerta se abrió lentamente. Vi las piernas de aquella persona. Camino lento hasta quedar en medio del cuarto, y se quedo quieto. Mantuve la respiración, creyendo que no sabría que estaba debajo de mi cama. Se dio la vuelta y salió nuevamente de la habitación. Cerró la puerta. Ante esa señal, vi que estaba a salvo. Salí lentamente de debajo de mi cama, y sorpresa. El mismo hombre de bata blanca me tomo por detrás. Y el otro hombre que había salido nuevamente volvió a entrar. Empecé a forcejear y a gritar, aterrada. Me di cuenta que el hombre que me había tomado por detrás había entrado sin ser notado debido a que su compañero lo cargo en sus hombros. Uno me tomaba por detrás y otro por las piernas. Me sacaron de la habitación. Empecé a balbucear que yo quería ser quien caminara, ya que tenia la tentación de tocar el piso. Pero me ignoraron. Me recostaron en la camilla a la fuerza. Sacaron aquel artefacto que utilizaron con C-37 y sentí un dolor en el brazo. Un dolor agudo y punzante. No lo había sentido antes. Comenzaron a amarrarme a la camilla con los cinturones. Me pusieron algo raro en la boca. Algo transparente y frio, atado a un tubo flexible. Se empañaba cada vez que respiraba y sentí como algo delgado entraba a mi piel. Gire mis ojos hacia donde sentí ese dolor, era en mi brazo en donde un tubito el cual era presionado por un hombre, iba introduciendo un liquido en mi brazo. Empezó a doler en cuanto el líquido llego al final. Retiraron el tubito. Y empezaron a caminar por el pasillo eterno. Empecé a sentir una pesadez en los ojos, y vi algunos colores raros a mí alrededor, seguido por manchas negras en mis ojos. No entendía por qué tenía sueño, había dormido apenas hace un rato. Finalmente cerré los ojos.
Desperté en una habitación negra sobre una cama un poco más cómoda que la anterior en la que dormía. La puerta esta vez eran unas rejas, y sentía que no podía levantarme ni nada, mi cuerpo estaba pesado. Sólo lograba mover los ojos. Frente a mí, estaba alguien dormido. ¡Era Gregorio! Me alegraba tanto el verlo. Trate de moverme de a poco, pero no pude hacerlo. Escuche nuevamente pasos fuera de la celda. Levante la mirada hacia ella, y era una mujer que llevaba una bandeja con comida. Abrió la reja de enfrente, y se dirigía a dos personas. “Gracias” contestaron ambos al unísono. Era un hombre y una mujer. Salió la mujer de la celda y volvió a cerrarla con llave. Miro hacia la celda de nosotros y un tanto alarmada, dijo casi gritando:    
– ¡Al fin has despertado! ¡Esto sí que es un gran logro para la ciencia! –le mantuve la mirada fija, y abrí un poco los labios, sentí mi lengua adormecida, pero pude hablar.
– ¿Q-qué paso?          
– Estuviste dormida durante un par de semanas, ha pasado mucho tiempo desde la operación, ¡Y sí que ha sido un éxito! –la mire, estupefacta, no entendía a que se refería. –Bueno, no desesperes, supongo que tu cuerpo sigue dormido después de tanta anestesia y por el cambio. Iré por el señor Homero. Enseguida te revisara.    
Trate de moverme lo más rápido antes de que ese hombre llegara. Entonces logre ver como Gregorio se empezaba a despertar. Se levanto y se estiro muy raramente.     
– G-Gregorio… – decía por lo bajo pero no me hizo caso. Se volvió hacia mí, y caminando en cuatro, acerco su rostro a mi cara, olfateándome.        – ¿Q-qué haces? –dio un respingo y me paso su lengua por la mejilla.        Luego regreso al lugar en donde estaba dormido y volvió a acostarse.      

Poco después, regreso aquella mujer con la que hable antes y un hombre, lo más probable el tal “Homero”.       
– ¿Cómo te sientes? –pregunto él.    
– Muy… rara…         
– Es normal. En un rato podrás ponerte de pie. ¡Cristina! ¡Víctor! Ustedes se encargaran de ayudarla a levantarse.            -Abrió la reja de frente, salió una sola persona. Y fue cuando me di cuenta que Cristina y Víctor eran C-37 y C-38. Estaban totalmente diferentes. Volví a aterrarme. ¡Ellos dos eran uno mismo! Sus cabezas estaban juntas como aquella muñeca de trapo que tenía de pequeña. Homero les abrió la reja de mi celda y ambos entraron con una sonrisa en el rostro. Me miraron expectantes y dijeron al unísono:  
– ¿En verdad creen que se podrá levantar así?        
– Tiene que, sólo queda una semana para que vengan por ustedes.
– Bueno, trataremos de ponerla de pie.        
Homero cerró la reja tras ellos, y se escucho como se alejaban y cerraban la puerta de golpe. Ellos se acercaron a mí, yo tenía los ojos nuevamente empapados de lágrimas y abiertos como platos. Me tomaron un brazo y empezaron a masajearlo. Después con el otro brazo y por mi tronco. Poco a poco iba recobrando la movilidad. Me ayudaron a sentarme. Yo sentía una enorme comezón en las piernas, pero ellos evitaron que me tocara siquiera la pierna.    
– No creemos que quieras tocarte.    
– ¿Y por qué no? En verdad pica, es como si tuviera pelo en mis piernas. –ellos se miraron entre sí, yo sólo me limité a verlos.         
– A propósito, ¿Qué ustedes no se la pasaban riendo?        
– Era por un gas que había en nuestra habitación, nos tenía adormecidos y hacíamos tonterías.
– Ya entiendo. –se hizo un silencio incomodo, los mire y ambos tenían la cabeza baja, pensativos. –Quisiera caminar un poco. –me lleve una mano a la cabeza, buscando rascarme, cuando sentí algo duro en mi cabeza. Algo duro, grueso y largo. – ¿Q-qué diablos es esto? –dije con voz quebrante.           
–Es lo que queríamos decirte. Un cuerno. –me ayudaron a levantarme sin decir nada más, y escuche como al levantarme se escuchaba el andar de un caballo. Camine y volvía a escucharse. Entonces gire la cabeza hacia abajo, y mi cuerpo era ahora, el de un animal peludo con pesuñas. Empecé a gritar. Gregorio se levanto de golpe y empezó a hacer un ruido extraño con la boca. Un ladrido.      
– ¿Qué es esto? ¿QUÉ ES ESTO?   
– La nueva tú.
Aquel hombre Homero volvió a entrar a las celdas y entro a la nuestra con un tubito similar al que había visto antes de quedarme dormida. Evite que volviera a ponerlo sobre mi piel, y caí se rodillas. Derrame unas cuantas lágrimas. C-37 y C-38, o como los habían llamado, Cristina y Víctor, respectivamente, se pusieron de cuclillas junto a mí. Sin decir nada. Gregorio sólo me miraba, de igual forma ya no era el Gregorio que conocí, ya no era B-01. Aquellos chicos tan idénticos que ahora eran uno mismo, le dijeron a Homero que ya no hacían falta más medicinas ni anestesias. Se retiro y yo aun con la cabeza baja, aquellos me dijeron:
– Bienvenida al circo de los fenómenos.      

Pasaron los días, como solían decirles, cuando llego un hombre de traje colorido, con bastón y sombrero. Esperaba por afuera de las celdas. Nos miro a los 4.   
-Sí que son magníficos, sobre todo aquella chica. ¿Cómo se llama? –Pregunto aquel hombre del bastón.           
– No tiene nombre, nosotros la llamamos B-0. –contesto Homero.
– No, por favor. –interrumpí. – Llámeme Julia.       
– Julia entonces. Homero, estoy interesado en los 4, me los llevo. Claro por el precio justo.
– Por supuesto, podrás llevártelos hoy mismo.        
Y dicho eso, se dirigieron a la puerta, seguidos por el rechinido de la misma y el azote al cerrar. Nuevamente se escucho un silencio incomodo.         
– ¿A dónde nos llevarán? –pregunte a los gemelos.
– Bueno, hemos escuchado de Homero que es un circo.     
– Suena divertido.     
– Claro, si te gusta que se burlen de ti.         
No dije nada a la última respuesta de los gemelos. Gregorio estaba dormido nuevamente. No podía creer que lo transformaran, de alguna manera, en perro. Según me dijeron los hermanos, alteraron su ADN. Yo, por supuesto, no sabía qué era eso. Seguía siendo una ignorante sin remedio.           
Aquel hombre del bastón nos hizo salir de la celda, nos dirigimos a otra puerta. En cuanto la abrieron, una luz enceguecedora me ilumino el rostro.
– ¿Eso es el sol? –pregunté.  
– Eso es el sol. –respondieron los hermanos. Ese sol era algo maravilloso, nunca lo había visto. Era muy diferente a como se veía en los libros de dibujo.            
El hombre del bastón, llevaba a Gregorio con una cadena. Él por su parte, llevaba la lengua de fuera. Lo subió a una jaula con cosas redondas debajo. Creo que eran llantas. Si eso eran. En otra jaula subieron los gemelos Cristina y Víctor. Y finalmente yo, subí a otra jaula. Nuevamente encerrada. Homero se dio la vuelta, sin despedirse de nosotros. Yo sólo vi como nos alejábamos del lugar.

El cielo se tornaba oscuro, era hermoso ver todo por primera vez. La luna estaba en su esplendor. Esa noche comenzaron a poner una carpa colorida, muy grande en medio del bosque. Llevaron nuestras jaulas dentro. Más tarde, empezó a llegar gente adulta y algunos niños. Nos miraban asombrados. Algunos nos arrojaban comida como si fuéramos animales. Miré a mi alrededor, se burlaban de nosotros, de mí. Había escuchado comentarios como “Es increíble que alguien como ella haya nacido así”. ¡Se equivocaban! Yo no había nacido así. Si supieran. Los hermanos trataban de alentarme. Pero solo hacían que me pusiera peor ante la situación. Cada noche, ambos decían: “No llores, alégrate de que al fin tienes un hogar, pero deja de llorar, que el show está a punto de comenzar.”

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